Época colonial · Siglo XVII

El Resplandor de Panoaya

Amecameca, Estado de México Zona de los volcanes 4 min de lectura
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Leyenda completa

El relato

En los corredores largos de la hacienda de Panoaya, cuando la casa ya quedó en silencio y el jardín apenas devuelve la humedad de la noche, suelen verse luces azules cruzando los muros como si estos no pesaran nada. No alumbran el suelo ni tiemblan como farol: se deslizan rectas, doblan por las esquinas y desaparecen en la zona donde, según la tradición, fue enterrado un arcón que nadie encontró sin pagar algo a cambio.

Otros dicen que esas luces no cuidan un tesoro material, sino la memoria de la niña Juana antes de ser Sor Juana, cuando aún corría entre patios y corredores preguntándose cómo cabía tanto mundo en unos cuantos libros. Sea arcón o recuerdo, la luz atraviesa la hacienda con la terquedad de lo que todavía no termina de revelarse.

Hay quien cuenta que una criada siguió una de esas lumbres hasta un muro ciego y vio, por un instante, dibujarse sobre la pared la forma rectangular de un cofre. En cuanto quiso tocarlo, el resplandor se partió en dos y corrió por el pasillo como agua subida por las piedras. Otra versión asegura que no era cofre sino escritorio y que, sobre él, una mano pequeña pasaba páginas invisibles. Las dos versiones conviven porque Panoaya soporta bien ese tipo de ambigüedad: la riqueza y la inteligencia, al fin y al cabo, suelen ocultarse de maneras parecidas.

Por eso la leyenda no obliga a elegir entre tesoro y memoria. Tal vez cuida ambas cosas. En Amecameca se dice que ciertas luces no vienen a deslumbrar sino a señalar una ausencia preciosa: algo que estuvo ahí y no quiere ser olvidado. Quien las sigue con codicia no encuentra nada; quien las mira con humildad se va, en cambio, con la certeza de que la casa guarda todavía una forma de infancia, de ingenio o de secreto que no acepta exhibirse por completo.

Memoria oral

Origen del relato

La Hacienda de Panoaya es conocida principalmente porque ahí pasó parte de su infancia Juana de Asbaje, quien sería después Sor Juana Inés de la Cruz. Pero la leyenda del resplandor azul no invoca necesariamente esa memoria: los relatos de luces que atraviesan muros y desaparecen en los jardines se repiten en distintas versiones en las que el origen del fenómeno va desde un tesoro enterrado en los tiempos del virreinato hasta la presencia residual de una inteligencia que el lugar no ha terminado de soltar. Lo que todas las versiones comparten es la descripción de una luz azul, no amarilla ni blanca, que se mueve con demasiada precisión para ser un error del ojo y que no deja rastro cuando alguien va a buscar su origen. La hacienda lleva siglos acumulando historia y parece no querer desprenderse de ninguna.

Territorio

Territorio y atmósfera

La Hacienda de Panoaya está situada en la zona de transición entre el pueblo de Amecameca y las primeras estribaciones de la sierra, con jardines que en su mejor momento fueron considerables y que todavía hoy conservan árboles viejos, muros altos y una distribución de espacios que hace que la luz natural se comporte de manera imprevisible según la hora del día. Los corredores interiores, con sus columnas y sus suelos de piedra, producen una acústica y un ritmo visual que en la tarde-noche pueden generar la impresión de movimiento donde no hay nadie. La combinación de historia densa, arquitectura que guarda aire antiguo y una ubicación que hace que la niebla del volcán llegue antes que en el pueblo produce un ambiente propicio para experiencias que el ojo no sabe bien cómo catalogar.

Lectura cultural

Lectura cultural

El resplandor de Panoaya puede leerse como la forma en que un lugar retiene a las personas que lo hicieron significativo, ya sea en forma de tesoro o de presencia luminosa. Si la luz azul custodia un arcón, la leyenda habla del dinero virreinal que nunca fue distribuido; si custodia la memoria de una niña excepcional, habla de la persistencia de la inteligencia como forma de habitación del espacio. En cualquiera de los dos casos, el relato afirma que la hacienda no está vacía aunque lo parezca, que sus jardines y corredores siguen siendo habitados por algo que no tiene cuerpo pero sí voluntad. Esa idea de lugar pensante es una de las categorías más interesantes del pensamiento popular sobre el patrimonio.

Fuentes